Paul Gascoigne, en la Eurocopa del 96. / reuters

Jaime Ripa

Han pasado 24 años desde que Paul Gascoigne derramara lágrimas de rabia en el Mundial de Italia, cuando una tarjeta amarilla le privaba de jugar la final del torneo si es que su Inglaterra vencía en la semifinal a Alemania. Tenía entonces 23 y se pasó varios minutos llorando sobre el césped, trotando tras el balón desconsolado, metido aún en el partido. Incrédulo ante algo que no le podía estar sucediendo a él, a Gazza, una figura rebosante de confianza. Era ya casi un mito del fútbol inglés, un tipo genial con el balón y sin él, proveedor de infinitas anécdotas y amado sin reservas por todas las hinchadas que tuvieron la suerte de verle jugar. Pero Gascoigne, como algunos otros grandes, como Best, Garrincha o Juanito, siempre fue excesivo en todo lo que hacía.

El tiempo ha pasado y hoy su imagen dista mucho del chaval de insolencia entrañable que encabezó a toda una selección inglesa en los noventa. Varias fotografías publicadas en el Guardian, Daily Mirror y The Sun muestran al inglés muy mermado físicamente y a punto de ser conducido a un hospital tras desplomarse en la puerta de su casa con una botella de vodka en la mano. Según el Mirror, el casero de Gascoigne estaba harto de las quejas de los vecinos y de las broncas diarias en el inmueble. Ordenó el desalojo del jugador del caro ático que habitaba en Sandbanks. Gazza, tras múltiples rehabilitaciones, había vuelto a caer.

Las portadas de los tabloides británicos junto a una fotografía del jugador en 1997.

Tan solo hace una semana, Gascoigne, a sus 47 años, había firmado por el Abbey Windows para jugar en una liga equivalente a la regional española. Su anterior aparición deportiva se remonta a 2004, cuando disputó cinco encuentros con el Boston United en la League Two, lo que sería la cuarta categoría en España. Harry Redknapp, uno de los pesos pesados del fútbol inglés y actual técnico del QPR, salió al quite cuando conoció a qué poco lustroso club iba a prestar sus servicios Gazza. «Le vi hace un mes y le dije: ‘Te recogería por las mañanas para que vinieras a entrenar conmigo y trabajaras con el equipo juvenil’. Me encantaría que lo hiciera», explicó Redknapp. «Es un gran tío y es triste ver lo que le ha pasado y cómo está en estos momentos. Tiene un corazón de oro. Probablemente ha gastado hasta su último penique, pero él es así».

Gazza (uno de sus profesores no sabía pronunciar la s y de ahí surgió su apodo más universal) tiene varios nombres: G-8, Gazza-sapiens, Príncipe de los payasos. Hijo de familia humilde, criado en Gateshead, se alimentó mal y mucho desde que era un canijo. Aprendió todos sus trucos en la calle como tantos otros talentos volcánicos. Cultivó malos hábitos de los que le sería difícil librarse. Y a sus 23, salvando las distancias, Gascoigne desató algo parecido a la beatlemania de los sesenta. Tras su llanto en el memorable Inglaterra-Alemania del Mundial, algunos, alentados por los tabloides británicos, empezaron a hablar de gazzamania. Había nacido uno de los personajes que más pasiones y controversias despertaría en el cuchicheo británico popular.

Poco después, con el ego por las nubes y sus problemas con el alcohol y las juergas en el dominio público, Gazza dejó en la Eurocopa de 1996 su obra maestra. Ante Escocia, en la fase de grupos, se inventó un sombrero majestuoso que acabó voleando a gol. Wembley enloqueció y Gascoigne se confirmó como uno de los mediocentros estrella de Europa. Militaba entonces en el Glasgow Rangers y varios de los grandes quisieron hacerse con potente diestra. Pero Gazza no quiso dar el salto. Ya había estado en el Newcastle, Tottenham y Lazio. Con los romanos firmó un contrato en 1992 de 450.000 euros por temporada y se pasó un año sin jugar. Venía lesionado de gravedad de su último partido con los spurs. La rodilla y sus grescas (le pegó una cabezazo a un periodista, entre otras) emborronaron su oportunidad de brillar en un club importante.

Pasó por Middlesborough, Everton, Burnley, Gansu Tiama y Boston United, su último club. El descenso deportivo de Gazza corrió de la mano del personal. Se retiró del fútbol en 2004 y le plantó batalla a su adicción. «Soy un alcohólico», dijo en 2004 de paso por Madrid. «Pero no bebo desde hace 22 meses. Cometí muchos errores que arruinaron mi carrera y espero que los jóvenes hayan aprendido la lección», admitió. La calma no le duró mucho a Gascoigne y los episodios se siguieron sucediendo en el tiempo. Hace un año, ebrio, agredió a sus familiares durante un viaje a Londres. Pidió ayuda en numerosas ocasiones, trato de suicidarse en 2008. Alternó sus caídas con eventos benéficos, colaboraciones musicales e intentos familiares de que se rehabilitara, como los que recogió Channel 4 en el documental Surviving Gazza.

Aquel Gascoigne de los noventa, ese que le sacaba una amarilla a un árbitro después de recogerle las tarjetas del césped (que se le habían caído), emocionó con su carisma en el terreno de juego a toda una generación de ingleses. Entró en la historia el día de su llanto, cuando Inglaterra perdió la semifinal ante Alemania en los penaltis. Gazza, que ya sabía que no podría jugar el partido definitivo aunque hubieran ganado, no tiró ninguno.

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