ETIENNE CARJAT

ANTONIO LUCAS

De entre todas las adolescencias, Rimbaud atesoró aquella que no se cura con el menaje de la edad. Hay hombres que deciden arrojarse al foso de los cocodrilos con una precocidad de infierno tierno, pero antes asaltan la vida arreándole al mundo una peritonitis, un último atentado, un mazazo con el puño. Arthur Rimbaud alcanzó las cotas más altas de lucidez y de espanto antes de cumplir los 20 años. Un muchachito rubio, de pelo volado, los ojos del azul de lo diabólico y la quijada fuerte. Cultivó una moral depravada con el afán metódico de quien ha caído al mundo a contramuerte, dotado de una lógica ácida que todo lo convierte en un estado de alerta.

Rimbaud nació en Charleville (Francia) en 1854. Hijo del capitán de infantería borgoñés Fréderic Rimbaud, que abandonó a su madre con cinco párvulos una mañana de invierno, dejando en la casa un rastro clandestino de escarcha y de fracaso. La madre forjó así el celo obsesivo por el control, por el disimulo y el orden extremo. Le ayudó una extrema fe en Dios. Aquella mujer agredida fue, sin saberlo, el principio del combate que Rimbaud mantuvo consigo mismo, el detonante de una rebeldía que se entrenó contra el saco de aquella tahona familiar donde la asfixia se amasaba con severos preceptos religiosos y una tonalidad lastimera de orgullo herido.

El poeta Rimbaud comenzó a despuntar en la escuela de Charleville con unas composiciones líricas perfectas. Manejaba el latín como un fluido de crímenes verbales. Aquellos poemas primeros eran el consultorio de un extravío que estaba macerándose sin saber aún a qué atenerse. Todo arte ingenuo es iniciático. El impaciente Rimbaud, dice el gran poeta Yves Bonnefoy, abre la palabra a la vida más instintiva. Y ahí, en ese instinto sin doma, decide predicar su extravío. Rimbaud apuesta por la insumisión, preparando el espíritu para la conquista de lo que el lenguaje no ofrece.

En la escuela conoce al profesor Georges Izambard, su caladero de complicidad y primeras lecturas. Quizá también su primer amor, con esa fragilidad confusa de los amores primeros (que nunca se saben si lo son). Rimbaud cultiva fieramente un cierto salvajismo acelerado de provincias. La sombra de la madre es un utillaje de barrotes. Y a los 15 años, el poeta que niega la moral convencional de la gran civilización, escapa de casa con la punta del hocico apuntando a París, para entregarse a lo incierto. Era el 29 de agosto de 1870. Aquella primera estampida de ñu sin rebaño acabó a pocos kilómetros de su pueblo, en la prisión de Mazas, donde fue recluido. Izambard pagó la multa y lo llevó de nuevo a la topera materna. Pero el joven poeta tenía ya la molécula violenta de los que no se someten a más ley que el desorden de los sentidos. «Yo creía en todos los encantamientos», escribe.

La guerra franco prusiana zumbaba por los campos. Rimbaud emprende una segunda fuga el 6 de octubre de 1870. París estaba en estado de sitio y decide ir a Charleroi. Allí busca empleo de periodista en el diario local. Le dan boleto pronto y va de nuevo en busca del profesor Izambard a Douai, pasando por Bruselas. Un grupo de policías lo devuelve escoltado a Charleville. Las imprecisas crónicas apuntan que en uno de esos viajes fue violado por varios soldados. En la mochila de aquel muchacho con cara de niña había poemas convulsos de una insólita violencia expresiva. Rimbaud era ya el vidente, el alquimista de una gramática de alma oscura, el convencido de que sólo el hombre puede decidir su salvación y de que «yo es otro». La tercera huida, en 1871, le lleva por fin a París. La Comuna ha estallado y ante el desconcierto regresa a Charleville.

De nuevo en el pueblo escribe cartas a los poetas simbolistas, pero no llega respuesta. Lee con pasión ‘Las flores del mal’ de Baudelaire. Es un adolescente hecho de instinto y fiebre. Una mañana decide meter en un sobre un último puñado de poemas y una nota para Paul Verlaine, jefe de tribu del Simbolismo. Si esta vez no hay respuesta se arrojará a la vía del tren. A las pocas semanas recibe unas líneas de admiración y un billete para París: «Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos». Verlaine le alcanza la ganzúa de la gloria en septiembre de 1871. Rimbaud se instaló en casa del explosivo maestro, donde éste vivía con su mujer y el hijo recién nacido. En el salón burgués de Verlaine comenzó a ensayar su terrorismo escatológico para reventar cualquier orden social. Escupía en la sopa. Aullaba en mitad de la noche. Se acostaba al amanecer. Sacaba la lengua a las damas que andaban del brazo de un tipo que nunca era él. Disfrutaba del rechazo y las cóleras que desataba. Hasta que la mujer del afitrión expuso condiciones: «Él o yo». Verlaine la abandonó. Y comenzó el galope de dos hombres que desafiaron la ortodoxia de su tiempo. No escondían su relación homosexual. Se pertrecharon de libertad como mendigos: sin casa, con harapos, fumando colillas vendimiadas del suelo. Hicieron de la depravación su esteticismo, como una nueva lírica. Los versos de Rimbaud eran ya tremendos: «Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una bestia. Pero puedo ser salvado».

El hachís, el ajenjo, las infectas pensiones, la fascinación por lo terrible. Francia, Holanda, Alemania, Inglaterra. Las resacas tormentosas. Las querellas. Se amaban fieramente. Con asco. Con odio inigualable. «Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos», escribió Cernuda. En una pensión de la Rue de Brasseurs de Bruselas, tras una pelea por celos, Verlaine disparó dos veces su pequeño revolver contra Rimbaud. Le hirió en una mano. Era julio de 1873. Llegó la policía y Verlaine fue condenado a dos años de prisión. Desde la cárcel le escribió encendidas cartas clamando perdón y declarando amor. Nunca hubo respuesta. En Alemania se encontraron una última vez cuando Verlaine salió de la cárcel. La noche acabó en disputa y en otra cicatriz.

Aquel joven prodigio diabólico regresó a Charleville, se encerró durante meses en la granja familiar y escribió en estado de trance los poemas del único libro que dio a la imprenta, ‘Una temporada en el infierno’. Descubrió que la vida se devora a sí misma en igual medida que se reproduce a sí misma. Aquel libro, junto a los poemas sueltos que dieron cuerpo al conjunto titulado ‘Iluminaciones’ (cuyo orden encargó a Verlaine), fue el último signo de su renuncia. Tenía 20 años y la vida fiera ya cumplida. Llegó el momento de detenerse. Se convirtió al catolicismo. Aceptó trabajos aburridos. Soñaba con hacerse rico. Quiso borrar toda huella a su paso. En 1876 se enroló como soldado del ejército holandés en un barco con destino a Java. Desertó. Regresó a Francia. Y volvió al mar. Se instaló en Adén (Yemen). Se ocupó en la agencia Bardey. Se rehogó como un hombre de bien. La literatura quedó atrás, como una locura lejana. En las cartas absurdas que envió a su madre desde África sólo hay una mención a la poesía: «Si hubiese seguido escribiendo me habría vuelto loco». Se instaló en Harar (actual Etiopía) como tratante de camellos. Traficó también con esclavos y armas, vendiendo fusiles a las tribus en lucha. Vivía como un burgués trasplantado en el desierto hasta que un carcinoma en la rodilla izquierda le hizo regresar a Francia. Desembarcó en Marsella crujido de dolor, donde lo esperaba su hermana Isabel. Le amputaron la pierna. El delirio fue de varias semanas. Murió en Marsella el 10 de noviembre de 1891. Tenía 37 años. El más extraordinario de los poetas. El más salvaje de los niños. El más libre de los hombres no tuvo en el último estertor más triunfo que el olvido, ni otra leyenda que la forzada normalidad del fracaso.

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