Mirus Yifter, entrando vencedor en los 10.000 de los Juegos de Moscú. MUNDO

JAVIER MARTÍNEZ

Miruts Yifter revolucionó las carreras de fondo con su extraordinario cambio de ritmo. El inspirador, entre otros, del mismísimo Haile Gebrselassie se iba como un tiro a falta de 300 metros, en un largo sprint exigente tratándose de 25 vueltas a la pista. Yifter, the Sifter, apelativo que le sobrevino por esa extraordinaria cualidad, fue campeón en 5.000 y 10.000 metros en los Juegos de Moscú, y bien pudo haber logrado un botín más generoso de no mediar circunstancias adversas.

El boicot de las naciones árabes y africanas a los Juegos de Montreal 1976 demoró su estallido hasta, supuestamente, los 37 años, la edad oficial con la que se colgó los dos oros. Nunca estuvo del todo clara su partida de nacimiento, con la que le gustaba bromear. «Les digo a los periodistas que contabilicen mi entusiasmo, no mi edad. Los hombres pueden robarme los pollos o las vacas, pero ninguno va a sonsacarme los años», sostenía entonces el fondista de temprano aspecto avejentado, que pasó por encima del todopoderoso Lasse Viren (buscaba su tercer oro olímpico consecutivo) y del incombustible Frank Shorter en los 10 kilómetros de Moscú.

«Estaba decidido a hacer mis cuatro mejores carreras; hubiera dado mi vida por ello», cuenta sobre las semifinales y las finales de los cinco y los 10 kilómetros. «Entrené el cambio a 300 metros de la conclusión en ambas pruebas. Es el momento ideal, ni muy tarde ni muy pronto». Originario de Tigray, una región de Adigrat, en el norte de Etiopía, creció en Asmara, la capital de la entonces provincia de Eritrea, trabajando como conductor en distintas fábricas. Destacó tarde. Hasta los 20 años sólo concebía el deporte como algo puramente lúdico. Empezó a asomar en las pruebas que iban desde los 1.500 a los 10.000. Contemplaba, fascinado, a los atletas de la fuerza aérea nacional corriendo en competiciones por la calle, hasta que, gracias a la ayuda del entrenador Negussie Roba, pudo ingresar en el cuerpo. Allí dispondría de mejores medios con los que desarrollar sus formidables capacidades. En los Juegos de Múnich de 1972 ganó el bronce en los 10 kilómetros, pero la ausencia en los 5.000 acabará por costarle la cárcel. Un despiste, con la corresponsabilidad de sus entrenadores, le dejó calentando en la zona mixta cuando la prueba ya había comenzado. Al regreso a Etiopía fue acusado de traidor e ingresó en prisión, por conducta negligente. «Pensaron que me habían quitado el amor por la carrera, pero estaban equivocados», dijo Miruts, que se puso a entrenar junto a los guardianes del centro penitenciario. A los tres meses, logró resarcirse en los Juegos Africanos disputados en Lagos. Era el crepúsculo del emperador Haile Selassie. En 1974 fue derrocado por una revolución marxista encabezada por Mengistu Haile Mariam. La nación más antigua de África ingresó pronto en la órbita soviética, con los consiguientes beneficios en la proyección de sus deportistas.

El capitán Yifter se convirtió así en el mejor embajador de la nueva Etiopía socialista. Tomó el relevo de la colosal tradición en carreras de larga distancia, siguiendo la estela de Abebe Bikila, quien conquistó descalzo las calles de Roma en el maratón olímpico de 1960 y volvió a vencer cuatro años más tarde en Tokio, y de Mamo Wolde, el mejor en los 42 kilómetros y 195 metros en México 1968. Fue en el estadio Lenin de Moscú donde Yifter suscribió los dos primeros oros olímpicos de Etiopía en la pista.

Ídolo del gran Gebrselassie

«Era mi ídolo», responde sin asomo de duda Haile Gebrselassie a la hora de ser requerido sobre sus referencias en la infancia. «Cuando tenía siete años y Yifter ganó en Múnich, quería ser como él», afirma el bicampeón olímpico y cuádruple campeón mundial de 10.000 metros, además de ex plusmarquista universal de maratón.

El considerado por muchos como el mejor fondista de la historia retiraba las pilas de la linterna para colocarlas en la radio y seguir así las felices peripecias de su compatriota. «En 1990 tuve la oportunidad de conocerlo en Adis Abeba. De crío, escuchando su victoria, pensaba que algo así requería un milagro, pero la primera vez que lo vi llegué a la conclusión de que una persona normal podía ganar un oro olímpico», recuerda Haile en su autobiografía, The greatest (Breakaway Books), escrita por Jim Denison. El propio Kenenisa Bekele, tricampeón olímpico y pentacampeón mundial, y Gezahgne Abera, de trayectoria fugaz tras ganar el oro olímpico en el maratón de Sydney, también encontraron en él un espejo donde mirarse.

Casado y con siete hijos, Yifter regresó a Etiopía tras pasar varios años en Ottawa, ejerciendo de entrenador en una universidad. Responde al estereotipo del corredor de fondo. Siempre ha sido un tipo introvertido, solitario, alejado de los focos. Su carisma residía en la esencia de unas excepcionales facultades, en esa explosividad larga, sostenida, que detuvo por unos instantes las actividades de labranza, paralizó las clases en las escuelas y ralentizó el tráfico en aquella tarde del verano de 1980, hasta que la narración radiofónica tomó el carácter de una aclamación popular: «Sí, es Mirus Yifter, Mirus Yifter gana para Etiopía. Mirus Yifter gana el oro en 10.000 metros».

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