Ya sea para aprovechar los excedentes o por sus cualidades sostenibles, cada vez más alimentos son usados como suculenta materia prima para sustituir compuestos sintéticos más caros y contaminantes.

Un ejemplo es el arroz, que suministra el 20 % de la energía alimentaria del mundo, según la Organización Mundial de la Salud. Ahora también podría hacer funcionar móviles y coches: un reciente estudio afirma que su cáscara sería capaz de sustituir al grafito en las baterías de litio.

Gran parte de las cubiertas de la semilla se tiran, y esta sería una forma de aprovecharlas. Según la investigación, poseen capas nanoporosas de sílice (SiO2), compuesto de silicio y oxígeno que la protege de agresiones externas pero deja pasar el aire y la humedad. Así, la cáscara del arroz puede ser una fuente masiva de silicio, esencial en las pilas de alta capacidad.

Otros alimentos podrían ayudar a luchar contra la contaminación. Mientras que las bolsas convencionales de un solo uso tardan tres siglos en degradarse, si se fabrican con almidón de patata, trigo o maíz, lo hacen en 180 años.

Por eso, el Gobierno de España pretende que en 2015 el 70 % de estos recipientes sean biodegradables, y que en 2018 estén prohibidos todos los que incorporen ingredientes petroquímicos. Los detractores de la idea dicen que son menos resistentes y reutilizables, y que producirlos cuesta diez veces más.

Por ejemplo, en el caso de la patata, solo se aprovecha el 6% de la planta. Esto implica cultivar mucha cantidad, con gran impacto medioambiental. Como alternativa, el proyecto europeo BioREFINE-2G busca generar bioplásticos con más eficacia a partir de subproductos orgánicos.

Elvira del Pozo / Fuente

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