Ilustración del asedio de Barcelona en setiembre de 1714 LVE

El último día de las libertades catalanas, un martes, empieza antes de que salga el sol: a las cuatro y media de la madrugada una descarga artillera anuncia el asalto general. A los soldados que defienden los muros de Barcelona el escenario de la batalla se les aparece como un paisaje truncado, discontinuo. Las murallas derruidas, los escombros que ha generado un bombardeo de meses y meses, ocultan una parte del horizonte. Por fortuna. Pues de ese modo a los defensores les es imposible tener una visión completa del enemigo, del inmenso ejército que se lanza al asalto. Si no fuera noche oscura, si los obstáculos en el campo de visión no les impidieran contemplar esas inmensas, compactas filas de soldados borbónicos, los miles y miles de uniformes de color blanco, las veinte mil casacas de un blanco ceniciento, los escasos hombres de la Coronela que se hallan en primera línea podrían invocar aquellos versos de El paraíso perdido de John Milton: «Todo lo arrasa aquella lluvia horrible de enormes masas que, cual nieve espesa, / el vasto campo de batalla de inundar no cesa».

El impulso borbónico desborda las defensas. Pese a la oposición de la Coronela, el avance es imparable. En muy poco tiempo los hombres con ropajes blancuzcos se apoderan de esas murallas y baluartes, de esas fortificaciones que los han contenido durante trece largos meses de asedio. Cuando el conseller en cap recibe el aviso acude al frente, pero tiene que detenerse en la calle Corders: las balas del enemigo ya llegan hasta la capilla de Marcús.

El ejército borbónico ha tomado un amplio perímetro de las murallas, lo que según todas las normas de la poliorcética significa que Barcelona está perdida. La ciudad, pues, ha caído antes de que salga el sol. Pero he aquí un imprevisto: cuando los granaderos se adentran por las callejuelas de la Ribera las ventanas se erizan de fusiles, y les disparan.

Los defensores se reagrupan. Todas las campanas de la ciudad tocan a rebato. Centenares de hombres abandonan sus camas para incorporarse a los batallones de la Coronela. Los catalanes tienen la obligación de defender su país a partir de los catorce años, por lo que se ve a hombres maduros, e incluso ancianos, codo con codo con adolescentes apenas más altos que el fusil que sostienen. Las mujeres ejercen de aguadoras: reaprovisionan a los hombres, sobre todo de vino y aguardiente.

Desde que amanece toda la parte oriental de Barcelona es un campo de batalla. Los barceloneses intentan recuperar las posiciones perdida en una serie de asaltos a la bayoneta, salvajes, desmesurados, obscenos: nadie hace prisioneros. El Sol no aparece, es un día nuboso. El color que rige este 11 de septiembre de 1714 es el gris. El gris del cielo, el gris de los cascotes, de las murallas mojadas por las lluvias de los días anteriores. El gris de las humaredas levantadas por tantas y tantas armas disparadas al unísono, que hará decir a un testigo: «El humo hacía que el mundo no existiera». El gris de las paredes del casco urbano, el gris del convento de Sant Pere de las Puel·les, el último edificio de la calle Sant Pere més Alt, desde donde las monjas han ocupado balcones y ventanas, y arengan a los defensores. «Resistid -les dicen-, que los ángeles ya vienen en nuestra ayuda». El marqués de Varennes es católico, como el rey al que sirve, pero no duda en ordenar a sus artilleros que apunten dos piezas capturadas contra el convento. Los cañones disparan, la fachada se hunde, las monjas mueren. Los ángeles no llegan.

Hay algo de inexplicable en el ardor de la defensa. Algo inhumano, o quizás sea un exceso de humanidad. Esos batallones de civiles, de panaderos y agricultores, de olleros y tintoreros, reciben la orden de atacar y reconquistar el baluarte de Sant Pere, en manos de tropas de élite francesas, y lo retoman. Lo extraordinario del caso es que a lo largo de la jornada el baluarte será conquistado y perdido no una vez ni dos, sino once. Sí, once.

La playa de Barcelona está abarrotada de gentío. Se hallan ahí desde el mes de abril, cuando el duque de Pópuli inició un bombardeo criminal contra los edificios civiles. Durante todos estos tiempos la playa ha tenido tiempo de convertirse en un campamento estable, lleno de tiendas de lona. Los más religiosos rezan por la salvación de la ciudad. Después de todo, no sería la primera vez que una Barcelona sitiada se salva en el último instante. Y los rumores. Hay rumores de que el rey Carlos ha enviado una legión germánica al rescate, o de que una flota inglesa aparecerá ante el puerto, como en 1705. La fe, en el fondo, es un rumor.

Mientras tanto, los barceloneses han coordinado dos grandes contraataques. Villarroel, con lo que queda de la caballería, inicia la última carga en la plaza del Born, el centro neurálgico de la Barcelona de la época. Es herido en una pierna, y descabalgado. «¡Siga la carga!» aúlla. «¡Ante mí nadie se retira!». Pero la carga fracasa: sus jinetes han topado con el regimiento Couronne, quizás el más elitista del ejército francés. Y el ejército francés es el mejor del mundo.

En el otro contraataque, Casanova también es herido. Puesto que el conseller en cap ha sido evacuado alguien debe ocupar su puesto como portaestandarte de la sagrada bandera de Santa Eulàlia. Pese a lo desesperado del momento, y aunque parezca increíble, los nobles se disputan el honor de ocupar un puesto tan arriesgado, casi suicida. El joven Jacint Oliver intenta arrebatárselo al anciano conde de Plasencia. Este tiene setenta y un años. Su hijo acaba de morir en combate. Sin embargo, flemático, se opone: «Perdone, joven -le espeta-, pero yo soy el alférez mayor, y ni la edad ni el cansancio me impedirán sostener la bandera».

La batalla no se acaba, remite. Hacia las once horas los dos bandos, agotados, han fortificado bocacalles. El Fossar de les Moreres desborda de cadáveres; Santa Maria del Mar se ha reconvertido en hospital. Los catalanes saben que ya no podrán desalojar al invasor. ¿Y en el otro lado? La matanza también alcanza magnitudes de hecatombe. El avance de las tropas borbónicas puede seguirse por el rastro de caídos, centenares y centenares de cuerpos con uniforme blanco, ahora abatidos, inertes. Muertos. La noche anterior un militar borbónico, un jovencísimo oficial francés, sorprendió a sus amigos desprendiéndose de sus posesiones. A este regalaba su pipa, a ese otro un par de zapatos, a un tercero todo su dinero. Al preguntársele el porqué de tan extraña conducta, el joven respondió que -como tantos soldados en tantas guerras- había tenido una premonición fatal: «Sé que mañana entraré en Barcelona -dice-, pero nunca saldré vivo». El joven oficial, por supuesto, tenía razón: ahora su cuerpo es uno más de los bultos blanquecinos que jalonan la victoria.

Un sacerdote, el padre Joan Malaver, llega al gobierno y aborda al conseller Feliu, urgiéndole a no rendir Barcelona, que Dios intercederá. Feliu, escéptico, le contesta que la beatería ha hecho más mal que bien a la defensa de la ciudad. Malaver intenta animarle: ¿No es Dios el mismo hoy que ayer? Así, pues, aún puede salvar a Barcelona. Entonces Feliu da la respuesta más sardónica que se haya oído en ese año largo de asedio: «Pues más vale que Dios se apresure, o será demasiado tarde».

Dios no llega.

 

Albert Sánchez Piñol

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