Mauthausen
Construcción de un muro en Mauthausen a comienzos de 1941. En primer término, dos deportados españoles / Museu d’Història de Catalunya

En el infierno se pasaba algo más que frío en invierno. El 5 de mayo de 1945 acabó lo que parecía eterno. Aquella fortaleza de granito donde se había azuzado el infierno cada minuto, cada hora, cada día, durante cerca de siete años, abrió sus puertas. Dentro había vivos y muertos sin que entre unos y otros hubiese notables diferencias de aspecto. En Mauthausen, y la densa red de subcampos que gestionó, murieron la mitad de las casi 200.000 personas que los nazis encerraron desde el 8 de agosto de 1938, cinco meses después de que Hitler anexionase Austria –su patria original- al Tercer Reich.

Hace 70 años, los soldados americanos que cruzaron el portón se encontraron cadáveres amontonados y esqueletos andantes. También presos con energía suficiente para derribar el águila nazi que presidía la entrada y colgar una pancarta de bienvenida políglota con el lema Españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras. Uno de aquellos presos, con boina, sonrisa y un brazalete en inglés que le identificaba como reportero de guerra, disparaba una Leica ora al júbilo ora al espanto. Era Francisco Boix (Barcelona, 1920-París, 1951), fotógrafo, comunista y, a la postre, los ojos de la historia.

Gracias a él hay imágenes de las primeras horas en Mauthausen tras la huida de los nazis, incluida la secuencia del agónico interrogatorio al komandant del campo, Franz Ziereis, herido tras ser capturado el 23 de mayo de 1945. Pero la gran contribución de Boix fue un robo. En colaboración con otros prisioneros españoles y la austriaca Anna Pointner, salvaron de la destrucción negativos que acreditarían al mundo que el infierno existía y era peor que la muerte, a decir del superviviente Lope Massaguer en sus memorias: “Olíamos a muerte, pensábamos constantemente en la muerte y convivíamos con la muerte. La temíamos mucho menos que al dolor o a las humillaciones, era nuestra compañera, nuestra amiga, y a veces, nuestra única posibilidad de escapar”.

Francisco Boix, poco después de la liberación de Mauthausen, con cámara al cuello y brazalete de reportero. / : Museu d’Història de Catalunya

En El fotógrafo del horror (RBA), el historiador Benito Bermejo reconstruye la historia de Boix y su hazaña. Ya lo hizo en 2002 cuando salió la primera versión de la obra. En esta segunda reedición se ha incorporado material nuevo como las fotos que tomó durante la Guerra Civil española, que han aflorado en los últimos años, además de un prólogo donde Javier Cercas reparte su admiración entre Boix (“la viva estampa del héroe”) y Bermejo (“un historiador ejemplar”). “No creo que a lo largo de mi vida vaya a tener muchas ocasiones de prologar un libro escrito por un personaje de una de mis novelas”, ironiza el escritor, que convirtió a Bermejo en uno de los protagonistas de El impostor.

Francisco Boix fue uno de los testigos españoles que pudo contar lo que vio durante su cautiverio en Mauthausen, donde alguien contabilizó hasta 35 maneras distintas de morir. De los 7.000 deportados republicanos –prisioneros de guerra capturados en el frente francés, que no recibieron el trato de tales-, fueron asesinados el 65%. La mayoría en el campo de Gusen, a cinco kilómetros de Mauthausen, entre 1941 y 1942. A partir de ese año, la mortalidad decreció en parte, según Bermejo, porque la lógica de explotación laboral se impuso a la del exterminio.

Aprovechando su trabajo en el laboratorio fotográfico, Boix burló la orden de Berlín, emitida tras la derrota de Stalingrado, de eliminar todo el material gráfico que recogía la vida –y la muerte- en la red de campos de concentración austriacos. Ante el tribunal de Nuremberg, afirmó que había ocultado 20.000 negativos (un tercio de los disparados), con el apoyo de otros presos españoles, aunque solo un millar ha salido a la luz. La operación clandestina se culminó con éxito en el otoño de 1944, cuando los deportados del Kommando Poschacher aprovecharon sus salidas al exterior –trabajaban para una empresa austriaca, que hoy es la propietaria de algunas siniestras instalaciones del campo de Gusen- sacaron las fotos del campo y se las facilitaron a Anna Pointner, vecina de Mauthausen, que las escondió en un muro. Junto a la casa, un pequeño memorial rinde tributo a la valentía de la mujer, que se desmarcó de las conductas de otros vecinos, que participaron en la cacería de presos fugados del campo.

El cadáver de un prisionero de guerra ruso sobre el recinto electrificado de Mauthausen.

Tras la liberación aliada, Boix aireó las imágenes en publicaciones como Regards “por la magnífica actitud de esta revista durante la guerra de España” y en libros sobre el campo, como el publicado por Paul Tillard. En 1946 se proyectaron en el Tribunal Militar Internacional de Nuremberg y en la sección de crímenes de guerra del Ejército de EE UU en Dachau. Ante los tribunales Boix detalló una sucesión de espantos, como la historia de Bonarewitz, un carpintero austriaco evadido al que los nazis obligaron a participar en una farsa que recreaba su fuga en una caja. El espectáculo se desarrolló ante 10.000 presos, un cartel sarcástico (“Todos los pájaros están de vuelta”) y una orquesta gitana, obligada a tocar una polka mientras Bonarewitz avanza hacia su horca.

El fotógrafo español salvó las fotos pero no se libró de las secuelas de su cautiverio. En 1951 falleció en París. En esos seis años de libertad viajó de un sitio a otro como reportero de L’Humanité, Regards o Ce Soir. Siguió militando en el Partido Comunista. Retrató a Pasionaria y a Picasso. Cubrió el Tour de Francia. Y escribió sus memorias. De ellas solo se conserva su título: Spaniaker, el mote desdeñoso que aludía a los presos españoles de Mauthausen.

Origen: Francisco Boix, los ojos de Mauthausen

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